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The Jacket (John Maybury, 2005)

14 marzo 2016 2 comentarios

The_Jacket-763240961-largeJohn Maybury plantea en ‘The Jacket’ (2005) un viaje temporal alejado de la ciencia. De hecho, ni siquiera hay una ‘máquina del tiempo’ como tal. Sin embargo, eso no es obstáculo para que los viajes en el tiempo de su protagonista tengan efectos más que interesantes.

Jack (Adrian Brody) es un excombatiente del Golfo que es acusado de un asesinato que no ha cometido e internado en un manicomio. Allí, le administrarán drogas experimentales y le meterán en un depósito de cadáveres para aislarlo mientras las drogas le hacen efecto. Sin embargo, durante las horas que estará allí encerrado viajará al futuro inexplicablemente.

En su primer viaje, él no sabe qué está pasando, simplemente cree que se ha despertado fuera del manicomio. Una chica le recoge y le permite dormir en su casa. Es allí donde se da cuenta que esa chica es una niña que conoció unos meses antes de ingresar en el manicomio, pero con 15 años más. Ha viajado de 1993 a 2007 y la chica, que no puede creer que sea el mismo hombre que conoció de pequeña, le explica que él murió el día de Año Nuevo de 1994, lo que para él significa que morirá dentro de cuatro días.

Luego la película trata de averiguar cómo y por qué muere y de evitarlo y de comprender lo que está pasando. Y tenemos un fenómeno interesante de los viajes en el tiempo como es observar las consecuencias antes de las causas.


Lo sé porque lo sabré (es decir, lo supe)

En sus viajes al futuro (hará más tras saber que morirá en Año Nuevo y volver al manicomio) se hace pasar por un sobrino de sí mismo e intenta hablar con los doctores que le tratan en su presente para averiguar por qué murió (o por qué morirá, desde su punto de vista). Además de secretismo, lo que encuentra es que le explican que, en una ocasión, cuando despertó dijo cosas que no podía saber en aquel momento de ninguna manera. Y es que se trata de cosas que dirá a la vuelta de este viaje al futuro y que sabrá gracias al viaje.

Cosas que aún no ha dicho en su pasado ni su presente, pero que dirá a la vuelta de su viaje, ya las ha dicho para el resto de la gente. Es lógico, puesto que está en el futuro; pero lo curioso es que no las podría decir sino hubiera ido al futuro para saber que las dijo y aún no ha vuelto para decirlas. Su viaje al futuro ha desencadenado consecuencias antes, incluso, de volver y hacer nada que las desencadene realmente. Y, de hecho, si no le hubieran dicho que las dijo, seguramente ni las diría.

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Podríamos hablar aquí de un caso de información sin origen. El Jack del presente lo dice porque se lo cuentan en el futuro, pero en el futuro se lo cuentan porque él lo dijo en el pasado. Aquí se ve implicada la paradoja de la predeterminación, por la que los eventos del pasado y los del futuro son causa y consecuencia los unos de los otros. No hay paradoja, es un círculo perfecto, pero un círculo que se debe completar irremediablemente ya que las causas se tornan efectos y los efectos, causas, y ambos se necesitan.


El único camino posible

La película también trata el determinismo, muy relacionado con lo anterior. Él quiere cambiar lo que pasará (morir dentro de unos pocos días), pero verá que sus esfuerzos son vanos. Antes de que haga algo, se da cuenta de que ya lo hizo (o lo hará, desde su punto de vista). Y no llega a conocer cómo muere exactamente por mucho que pregunta. Y, a su vuelta al pasado (su presente), acaba sucediendo.

Y es que ¿podemos evitar que pase algo viajando en el tiempo si la razón por la que viajamos en el tiempo es que eso ha sucedido o sucederá? O más aún, si eso sucederá porque viajamos en el tiempo. No es un caso tan imposible como el de ‘La Máquina del tiempo’ de 2002 (no podemos cambiar un hecho que tuvo como consecuencia la posibilidad técnica de viajar en el tiempo, ya que si no hubiera sucedido no hubiéramos podido viajar al pasado para evitarlo); pero también plantea cierta paradoja temporal.

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Aquí, Jack no logra evitar morir porque saber que morirá es, precisamente, lo que le impulsa a viajar y averiguar por qué. Y es que todo parece indicar que aquí el Universo se rige por el paradigma de la línea temporal única e inmutable: puedes viajar al pasado, pero no puedes modificarlo. Aquí no hay viaje al pasado, sino al futuro. Pero ¿acaso regresar al presente no es viajar al pasado? En una línea temporal fija, ni siquiera desde el presente podemos cambiar lo que ya hemos visto que pasará.

Y más aún. En el fondo, si no hubiera viajado en el tiempo, no hubiera muerto. Si Jack hubiera reaccionado diferente al tratamiento, no hubiera viajado y no le hubiera estado dando vueltas a su inminente muerte, seguramente no hubiera estado donde estaba al morir y no hubiera muerto. Su viaje e investigación sobre su futura muerte es un paso intermedio y necesario para su muerte. No cabe la posibilidad de que no hubiera viajado. Muere porque viaja y viaja porque va a a morir.

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No podía evitar su muerte porque los intentos por evitarla no son un cambio en su pasado, sino que siempre formaron parte de él. Por eso en el futuro, donde ya está muerto, son conscientes de cosas que hará gracias a sus viajes en el tiempo. Porque estos viajes siempre formaron parte de la línea temporal inamovible en la que muere. Por eso morir es el único camino posible. De nuevo, la teoría de la predeterminación.

Sin embargo, ese determinismo no parece aplicarse en la película a los demás. Así, mediante una carta intentará cambiar el futuro de la chicaen su último y efímero viaje al futuro (cuando está a punto de morir en el presente) comprueba que sí ha funcionado. No puede cambiar su propio futuro, pero sí puede influir indirectamente en el futuro de los demás (podría decirse que aquí cambian de paradigma para hacer que la línea temporal sea variable).

El Ministerio del Tiempo. 1ª temporada (Pablo y Javier Olivares, 2015)

15 febrero 2016 4 comentarios

‘El Ministerio del Tiempo’ fue toda una revolución en la ficción nacional el año pasado y hoy mismo estrena su segunda temporada. Se trata de una serie fantástica y de aventuras con sus dosis de humor e ingenio, viajes en el tiempo y revisión de la historia de España. Bebedora de diversas fuentes literarias y cinematográficas, la serie es amena, atractiva, divertida, interesante y siempre te deja con ganas de más. Y es que logra que te enganches a las aventuras de la nueva patrulla del Ministerio del Tiempo, un ministerio oculto del Gobierno de España que lleva activo desde tiempos de los Reyes Católicos y que sólo conoce el Rey, el Presidente y un pequeño círculo de personas.

Veamos qué cuenta la serie antes de analizar sus viajes en el tiempo. Los protagonistas son Julián, un enfermero del Samur del presente que perdió a su mujer en un accidente; Amelia, una chica burguesa de finales del siglo XIX con inquietudes intelectuales y carácter revolucionario, y Alonso de Entrerríos, un soldado de los Tercios de Flandes del siglo XVI condenado a muerte injustamente. Un nuevo equipo recién reclutado, cada uno de su tiempo, y que se encargan de que nadie cambie los hechos históricos de España, sean buenos o malos, ya que el efecto mariposa podría causar consecuencias desastrosas pese a que el cambio sea, en principio, bueno. El Ministerio debe preservar, sea como sea, el continuo espacio-tiempo en territorio español.

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La serie no se centra en jugar con las paradojas y los aspectos más complejos de los viajes en el tiempo, sino que lo utiliza como posibilitador o ‘excusa’ para las aventuras a través del tiempo de los protagonistas. Aún así, los ocho capítulos de la primera temporada nos han dejado más de un detalle interesante desde el punto de vista crononáutico, además de un sistema de viaje en el tiempo que vale mucho la pena analizar.


Las puertas del tiempo

Los agentes del Ministerio se mueven por el tiempo a través de una serie de puertas ubicadas en los sótanos del propio Ministerio, en Madrid, que comunican con otras tantas en distintos puntos de España en diferentes épocas.

Como explican en la serie, las puertas, de origen incierto, fueron reveladas a los Reyes Católicos por un rabino judío a cambio de protección. Y, desde entonces, hay agentes que velan por que nadie cambie los hechos históricos. Y es que no paran de haber interferencias en el continuo espacio-tiempo desde distintos flancos: agentes rebeldes del Ministerio, gente que halla otras puertas ubicadas en distintos puntos del territorio español y, como se ve en un episodio, agentes extranjeros que utilizan otros métodos (más científicos) para viajar por el tiempo.

Eso sí, esos viajes son siempre al pasado (con respecto al presente de los protagonistas, 2015). Y es que, como le explican a Julián en el primer episodio, “el tiempo es el que es”; es decir, estamos en el límite del tiempo, al futuro no podemos ir porque aún está por llegar. Es como si el continuo temporal fuera una vía de tren, podemos movernos por ella, pero no circular por un terreno en el que todavía no han puesto raíles (el futuro). Se podría decir que vivimos en la última estación, el presente. Este detalle se puede ver en otras historias del viajes en el tiempo como la película ‘Timecop’, que también trata de una patrulla que vela por preservar el continuo espacio-tiempo.


Influencias e inspiración

Por el hecho de utilizar las puertas (entre otras cosas) se ha hablado mucho de la inspiración de sus creadores con la novela Las puertas de Anubis‘, de Tim Powers. Otro día hablaremos de esa novela; pero ésta (reconocida) no es la única influencia de los hermanos Javier y Pablo Olivares, creadores de la serie. Otras de sus influencias podrían ser La patrulla del tiempo, de Poul Anderson; el relato español ‘El día que hicimos la Transición’, de Pedro Jorge Romero y Ricard de la Casa, o incluso el cómic ‘Valérian y Laureline’, de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières, todos textos con ‘policías del tiempo’ que velan por que nadie cambie el pasado.

Y, como no, mucho cine de viajes en el tiempo ha influenciado directamente a los creadores de la serie (de hecho, incluso uno de los personajes hace referencias a películas como ‘Terminator’). Pero, en el fondo, la gran inspiración es la propia historia de España, llena de eventos curiosos, detalles y curiosidades que han inspirado a los guionistas para idear historias. Como dijo el propio Javier Olivares (no sólo guionista, sino también historiador), “A partir de un hecho real, creamos la fábula”.


Viajando por la historia

Así, las misiones que le encargan al nuevo grupo del Ministerio les llevan a distintas épocas de la historia de España (alerta spoilers de aquí en adelante): a 1808 en un momento clave de la Guerra de Independencia, a 1588 en busca de un despendolado Lope de Vega, a la visita de Himmler a España en 1940, a 1981 para recuperar El Guernica, a 1520 para encontrarse con el Lazarillo de Tormes, a la corte de Isabel II en 1843, y a la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1923 con Lorca, Dalí o Buñuel.

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Como he dicho, aunque también se juega con los aspectos más interesantes del viaje en el tiempo, las tramas giran sobre las misiones que deben realizar en otras épocas como salvar a El Empecinado de unos soldados franceses que han visitado el futuro o evitar que Lope se enrole en un navío que se hundirá, que los nazis encuentren las puertas del tiempo o que los americanos se queden con El Guernica gracias a otro intruso temporal.

Asimismo, también tiene tramas transversales como la de una agente que fingió su muerte para desaparecer y enriquecerse gracias a las puertas del tiempo, la venganza de otro exagente condenado al exilio por saltarse las normas o el dilema de Julián, uno de los protagonistas, que quiere salvar a su mujer del atropello que la mató hace tres años, aunque eso contraviene las reglas del Ministerio.


Viajar al futuro para cambiar el presente

La serie nos muestra ya en el primer episodio que no siempre hace falta viajar al pasado para cambiar la historia. Y es que quien viaja en el tiempo en ese episodio es un oficial francés del ejército napoleónico, que visita el año 2015. Asombrado por el futuro, acude a una librería, donde acaba leyendo que la guerra de 1808 la perdieron ellos gracias al liderazgo de un soldado español que pasó a la historia como El Empecinado. Así, decide volver a su tiempo, a su presente, para matar a El Empecinado antes de la batalla.

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No es un viaje al pasado para cambiar la historia (aunque volver al presente siempre es viajar al pasado, en cierta manera), sino un viaje al futuro que te permite moldear tu propio presente, un buen juego de los guionistas con la premisa inicial de la serie. Sin embargo, quienes sí viajarán al pasado para impedir el asesinato son los tres protagonistas en una aventura que les hará visitar el Madrid de principio del siglo XIX.

Es en este episodio, tras conocer la misión, que Julián (el agente del presente) les dice riendo a sus compañeros que deberían ver ‘Terminator‘. Es la primera gran referencia explícita de la serie y, sin duda, es muy adecuada. Como en la película de Cameron, ellos deberán viajar al pasado para evitar que un soldado llegado del futuro mate al que será el líder de la resistencia.


Conocer el futuro

Ya decía Doc en ‘Regreso al Futuro’ que no era bueno saber mucho sobre lo que te pasará. Pero los personajes, casi siempre sin querer, acaban sabiendo más de lo que desean.

Alonso, en un viaje a unos años después de su época, acaba conociendo a su hijo, del que no sabía nada ya que fue reclutado sin saber que su mujer estaba embarazada. Sin decirle quién es, y rompiendo las reglas, le salvará de una muerte segura en un barco de la Armada Invencible.

Pero el caso más interesante es el de Amelia, que no puede resistirse a visitar la que será su tumba. Tras cada misión, deben volver a su época como si siguieran viviendo allí, así que cuando mueran lo harán en su propia época. La cuestión es que en la tumba pone que murió en 1885, dentro de sólo cinco años. Cinco años en su época que también serán cinco años en el presente, viviendo aventuras con el Ministerio.

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Pero lo que más le impacta es que en la tumba pone: ‘Tus padres, tu marido y tu hija te recordarán siempre’. Ella no está casada ni tiene hijos, lo que supone que todo eso pasará próximamente. En ese capítulo, vemos cómo Julián se hace pasar por su prometido para que sus padres no le insistan en que busque marido. Fue sólo una farsa, pero en el último capítulo alguien le hará llegar a Amelia dos fotos del futuro, una de su boda con Julián y otra con Julián y su hija.

La cuestión es que son fotos del pasado (la de la boda es de 1883, y ellos están en 2015), pero a su vez son fotos del futuro, porque aún no ha pasado, pasará cuando en el presente sea 2018 y en la época de Amelia hayan pasado también tres años.

Julián no lo acepta, ya que no se ve capaz de amar a nadie más que a su difunta esposa, pero las fotos no mienten (además, Amelia conoce a su nieta en 1924, es seguro que tendrá hijos). En los nuevos capítulos ya sabremos más sobre esto; pero ¿simplemente se casarán y por eso existirán esas fotos, o el haber visto las fotos de un futuro cierto les condicionará para casarse y tener una hija? Es mejor no conocer nuestro futuro.


Ideas sin origen

Una de las paradojas más interesantes de los viajes en el tiempo es la de la información sin origen. Y es que los viajes en el tiempo pueden provocar ideas que no tienen un origen cierto, que fluyen por el tiempo sin poder determinar de donde han surgido.

Este caso se puede ver en un capítulo en el que los protagonistas deben viajar al siglo XVI en busca de un prófugo temporal. Sin embargo, con quien se encuentran allí es con un chico llamado Lázaro, un pícaro al que Julián y Amelia reconocerán de seguida. Y es que tras conocerle se dan cuenta de que es quien inspiró el libro ‘El lazarillo de Tormes’. Así, cuando ven que Lázaro está en peligro, saben que deben salvarlo, ya que si muere no se escribirá la obra contando su vida.

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Pero, ¿quién escribió ese libro? Nadie lo sabe, es anónimo, pero la serie nos revela una historia oculta. Y es que tras salvarlo, Amelia le dice al chico que su vida es fascinante y que debería escribirla para que todo el mundo la conociese, y al chico le parece una buena idea. Al final del capítulo, vemos cómo Lázaro le pide a un amigo que la escriba (ya que él no sabe) y éste le dice que sí, pero que no la firmará, ya que las aventuras que cuenta quizá no son del gusto de los poderosos. La serie nos da un autor y una historia oculta tras esta famosa obra. Pero más allá de esto (que bien podría ser verdad), ¿cuál es el verdadero origen del libro?

Amelia no conocería la historia del Lazarillo de Tormes (ni le hubiera aconsejado escribirla) si el libro no hubiera sido escrito; pero el chico no la habría llevado al papel si Amelia no se lo hubiera dicho. ¿Qué fue antes? Sin duda, en la línea de la historia, Amelia le dijo a Lázaro que lo escribiera antes de que fuera escrito; pero Amelia lo conocía porque ya había sido escrito. No hay un origen cierto, ambos eventos son causa y consecuencia de sí mismos.

Otra versión del mismo fenómeno la vemos en otro capítulo, esa vez no con una idea sino con algo físico, el recibo del Guernica. La patrulla debe viajar al pasado para recuperarlo, ya que en 1981, cuando el Gobierno trajo a España el cuadro desde el MoMA de Nueva York, no aparece por ningún sitio. La cuestión es que no lo consiguen recuperar y deciden crear uno falso (con el siempre divertido Velázquez viajando a antes de la guerra y consiguiendo un autógrafo de su ídolo, Picasso).

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La cuestión es que en el presente se tiene un recibo, el falso que han creado. Si no hubiera habido un recibo original que alguien hizo desaparecer, ellos no hubieran tenido que crear uno falso; pero el recibo que ahora se cree original es el falso. ¿Alguna vez hubo un original o el único recibo que siempre existió fue el falso?


Más viajeros en el tiempo

Quien está detrás del caso del Guernica es Paul Walcott, un americano que trabaja para una empresa secreta que tiene una máquina del tiempo que funciona con energía nuclear. Poco más se explica de él, salvo que su empresa cobra por alterar el pasado en beneficio de su cliente, en este caso el MoMA, que se hubiera quedado con el Guernica.

Espero y supongo que Walcott y esa empresa vuelvan a aparecer en la segunda temporada, ya que otro método de viaje en el tiempo desconocido, internacional y alejado de las puertas (los agentes del Ministerio sólo pueden viajar a lugares que sean territorio español en la época elegida) puede dar mucho juego.


La historia oculta

Como hemos dicho, la inspiración para los capítulos es la propia historia, y es sabido que el régimen nazi, entre otras cosas, viajó por el mundo en busca de objetos misteriosos, sagrados y ocultistas. Pues en el tercer capítulo de la serie, el mismísimo Himmler visita el Monasterio de Montserrat, donde le han dicho que hay un portal para viajar en tiempo. La verdad es que Himmler, aprovechando el viaje a España de Hitler para reunirse con Franco en Hendaya, visitó realmente Montserrat en busca del Santo Grial. Aprovechando este hecho real, en la serie vemos cómo el Ministerio deberá impedir que los nazis encuentren la puerta, algo que podría cambiar totalmente la historia.

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Pero más allá de esa parte del capítulo (donde aparece Lola Mendieta, la exagente rebelde del Ministerio que ha vendido el secreto de la puerta), tenemos lo que pasa en el tren en el que se encuentra Hitler con Franco. Allí está también Ernesto, jefe de operaciones del Ministerio, con la posibilidad de matar al mismísimo Hitler antes de la parte más cruenta de la Segunda Guerra Mundial. ¿Debería hacerlo? Las normas del Ministerio prohíben cambiar la historia, por beneficioso que parezca el cambio. Y es que ahí entra en juego el llamado efecto mariposa, por el que un cambio en el pasado crea una serie de consecuencias de manera exponencial que son totalmente incontrolables.


¿Cambiar la historia para bien?

Y es que un cambio para bien puede traer también malas consecuencias, por eso el Ministerio lo prohíbe. La historia debe permanecer inalterada. Pero eso no es fácil de entender para Julián, quien, en el último capítulo, sufre por no poder avisar a Lorca de lo que le pasará y no puede evitar pensar en salvar (y volver a ver) a su mujer, atropellada tres años atrás.

Julián aprovechará las puertas del tiempo en varias ocasiones para volver a ver a su mujer, pasar tiempo con ella, charlar e, incluso, presenciar el accidente que la mató. En una ocasión, decide viajar a antes del accidente y pasar con ella el día, haciéndose pasar por su yo de hace tres años. Su yo pasado estará trabajando, ella no puede darse cuenta y él podrá pasar un día más con su mujer. Pero la idea de avisarla del accidente, de hacer que variara su rutina ese día y no estuviera allí cuando pasaba ese coche, le tienta, aunque sabe que va en contra de las normas y que puede traer malas consecuencias.

Y una de las consecuencias es muy interesante desde el punto de vista de las paradojas. Y es que si su mujer no hubiese muerto, la vida de Julián hubiese sido distinta y puede que el Ministerio no le hubiese reclutado. Pero, sino le hubiesen reclutado (y, por tanto, no hubiera tenido acceso a las puertas), ¿cómo hubiera podido salvar a su mujer del atropello? Si la salva, no podrá viajar en el tiempo; pero si no puede viajar en el tiempo, no la podrá salvar.

Esta paradoja no se plantea en la serie, pero entra en conflicto con el llamado principio de autoconsistencia de Novikov, que nos dice que no podemos hacer nada viajando al pasado que impida que, más adelante, podamos realizar ese viaje al pasado, ya que crearía una situación imposible (podéis leer más aquí sobre esta teoría).

Esto sucede si tenemos en cuenta que el continuo espacio-tiempo es, en cierta manera, inalterable o que, al menos, los cambios que hagamos serán sólo intermedios, sin alterar el futuro de forma sustancial y definitiva. Pero lo cierto es que eso va en contra de la premisa de la serie, que trata de evitar que haya gente que altere el pasado y, con ello, el presente. ¿O no?


La teoría de la predestinación

Es posible que las dos ideas no se contradigan. La teoría de la predestinación (que liga bien con el principio de Novikov) nos dice que los cambios que hagamos viajando al pasado ya eran parte de la historia porque ya habían sido hechos en el pasado… por nosotros mismos. Como lo que haremos viajando al pasado lo hacemos en nuestro pasado (que condiciona nuestro presente), cuando estábamos en ese pasado ya recibimos la visita de nuestro yo futuro y lo que hizo ya afectó a lo que vendría, que es nuestro pasado. Vamos al pasado y hacemos los cambios que en nuestro pasado ya fueron hechos por nuestro yo futuro.

Así, esos ‘enemigos’ sí intentan y pueden cambiar la historia, y siempre lo habían intentado, sus actos ya eran parte de la historia; pero siempre había habido también un agente del Ministerio frustrando sus planes, los mismos agentes que lo están haciendo ahora (dejaremos de lado que eso sí entra en conflicto con eso de que “el tiempo es el que es”).


La muerte de la esposa de Julián

La cuestión es que esa influencia de nuestros actos en el pasado incluso antes de hacerlos (porque siempre habían sido hechos por nuestro yo futuro que viajará al pasado) pueden tener mucho que ver con la muerte de Maite, la mujer de Julián. Y es que vemos el accidente varias veces y siempre vemos que su mujer, mientras va haciendo jogging por la ciudad, se queda mirando algo al cruzar un paso de peatones, por lo que no se da cuenta de que un coche se ha desviado (para evitar una colisión que ha habido por culpa de un niño que juega en la calzada) y va hacia ella. Ese coche la matará; pero ¿qué se queda mirando? ¿qué llama su atención y, por tanto, provoca que no vea el coche y sea atropellada?

Tras mucho pensar y ver la escena desde la lejanía, Julián decide viajar al pasado y evitar el atropello en el último episodio de la temporada. Esto no se comenta al final del capítulo (sólo se ve a Julián abatido); pero todo indica que lo que Maite se quedó mirando justo antes del accidente fue al propio Julián (el del futuro) acercándose a toda prisa en un coche con Amelia. ¿Fue el Julián del futuro el causante de la muerte de su mujer en el pasado?

Si Julián no hubiera estado ahí (y chocado con un coche que frena para no atropellar al niño que juega en la calzada), Maite no se hubiera parado a mirarle y quizá no la hubieran atropellado. El Julián de 2012 llega poco después en la ambulancia del Samur, pero ese 2012 del accidente fue visitado por el Julián de 2015, cambiándolo sin saberlo. Cambiar un hecho de su pasado fue precisamente lo que lo provocó (no quiero traumatizar a nadie, es sólo mi interpretación).


Dejando huella: ooparts y fantasmas

Como hemos dicho, la idea es que los agentes sólo deben ir al pasado para evitar que otros cambien la historia, sin hacer ellos ningún cambio por el camino. Pero eso no siempre es sencillo y, para lograr completar una misión, en un capítulo Alonso lleva una moto al siglo XV. La misión sale bien y todo parece correcto, hasta que su superior le enseña una pintura del siglo XV sin explicación: dos hombres subidos a un artefacto con dos ruedas y tubo de escape. Sí, sus actos han dejado huella en el pasado.

Esa moto traería de cabeza a los historiadores y el Ministerio deberá solucionarlo (fuera de cámara). Y es que una moto en el siglo XV es un objeto imposible fuera de su tiempo, lo que se ha venido a llamar un oopart. En la serie lo volvemos a ver en dos ocasiones, ambas por influencia de un viajero en el tiempo indeseado. En un episodio, unos arqueólogos encuentran un teléfono móvil en un yacimiento del siglo XVI, y en otro, el Ministerio detecta un dibujo de Dalí que muestra un tablet.

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Se trata de restos y huellas de viajeros del tiempo en forma de objeto de otra época, algo imposible de explicar sin los viajes en el tiempo. Pero la simple presencia del viajero, sin objetos tecnológicos de por medio, ya puede dejar una huella inexplicable en el pasado. Y eso es lo que le pasa a Irene (la jefa de la patrulla protagonista).

En un capítulo, enseñan a los protagonistas un programa de Jiménez del Oso con una grabación que muestra una presencia extraña en La Casa de las Siete Chimeneas, en Madrid, en los años 80. Nadie podía estar ahí y la rápida conclusión que se dio es que era un fantasma. Esto se basa en una historia real, se dice que la casa tiene fantasmas, que se han visto figuras, que se han oído ruidos. En la serie explican estos fenómenos por la simple presencia de un viajero en el tiempo (Irene) en el pasado, saliendo por la puerta del tiempo que da a la casa para una misión. Fantasmas temporales.


Bucle temporal

En uno de los episodios, el equipo debe viajar a 1491 para evitar que Torquemada condene, a espaldas de la Reina, al rabino que le dio a conocer las puertas del tiempo. El problema es que la puerta que comunica con ese punto de la historia está en bucle, siempre en el mismo día. Así, si quieren poder volver al presente, tienen que llevar a cabo su misión en 24 horas, sino se quedarán atrapados en el pasado.

Una y otra vez intentan llevar a cabo su misión y por una u otra razón fracasan. Por primera vez, tienen que contravenir las reglas del Ministerio y cambiar el pasado; pero el tiempo se resiste a ser cambiado. Así, vemos cómo todo pasa igual día tras día, variando sólo la forma en la que intentan salvar al rabino, y sólo ellos, que vienen de otro tiempo cada día, pueden notar la repetición. Para el resto de personas, aunque siempre hay alguna pequeña variación, todo pasa por primera vez.


Leiva, una venganza a través del tiempo

Uno de los capítulos más complejos y que utiliza una de las tramas transversales de la serie es el penúltimo, en el que Leiva, un agente encarcelado en un penal de 1052 por saltarse las reglas, finge su muerte para huir y vengarse del Ministerio. Y su venganza la realizará en distintas épocas, sembrando el caos a través del tiempo.

Viajará a su época, 2005, y se hará pasar por su yo de entonces, todavía libre, para recabar información, casi cruzándose con su yo más joven. En 1844, atentará contra la recién coronada Isabel II y su madre María Cristina en su primera visita oficial al Minsterio para que éste sea clausurado. Y, a la vez, en 2015, destrozará la vida de su excompañera Irene, que fue quien le delató. Todo ello en un estupendo montaje con pantalla partida (un recurso ideal para ello) en el que varias veces veremos al tiempo el mismo espacio en diferentes años, con los protagonistas intentando salvar la situación en las diferentes épocas.

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Más aventuras

Sin duda, me dejo buenas historias que comentar y analizar como, por ejemplo, cuando Julián hace que su padre rompa en los 80 con una amante de la que él no sabía nada (¿hubiera roto igual con ella sin su intervención? ¿puso en juego su presente/futuro?). Pero el artículo ya es suficientemente largo. Ahora toca esperar a las nuevas aventuras que traerá la segunda temporada y que también pasarán por aquí.

Padre de Familia 5×18: ‘La familia Quagmire’

4 febrero 2016 1 comentario

Sin ninguna máquina del tiempo de por medio, sino con la ayuda de su amigo Muerte, Peter y Brian viajan a 1984 en la quinta temporada de ‘Padre de Familia’, en el capítulo ‘La familia Quagmire’. No hay máquina y no hay ciencia, pero eso no evita que el viaje al pasado de Peter provoque más de un problema en el presente.

Y es que Peter se arrepiente de no haberse corrido buenas juergas cuando era joven. Por eso le pide a Muerte que le mande a cuando tenía 18 años, para poder divertirse. Así, Muerte le lleva a él y a Brian a 1984 para que pasen un día allí. Es un viaje sin duplicidad, Peter no se encuentra con su yo joven. Nosotros vemos a Peter igual que siempre, pero el resto de personajes le ve con 18 años, así que todo lo que haga lo estará haciendo el Peter de 1984. Y lo que decide hacer es irse de juerga con Cleveland, para lo que anula una cita con Lois. El problema llega al volver al presente, donde Peter ya no está casado con Lois, que ahora es la esposa de Quagmire.

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Efecto mariposa

Es sencillo de entender lo que ha pasado. Al no ir a aquella cita con Lois, toda su relación cambió y no llegaron a casarse. Pero ese no es el único cambio. Brian se pregunta qué más habrá cambiado y le explica a Peter lo que es el efecto mariposa, por el que se entiende que un pequeño cambio en el pasado puede crear cambios más y más grandes con el paso del tiempo hasta desencadenar consecuencias desastrosas.

Lo curioso es que los cambios provocados a gran escala aquí son buenos, como que ahora Al Gore es el Presidente y el país es muchísimo mejor. A Brian este presente le parece mejor, pero Peter quiere volver para arreglarlo. Así que vuelven al pasado, pero Peter la vuelve a fastidiar: pasa de nuevo de la cita con Lois y ésta decide ir al baile con Quagmire, del que se enamorará en esa cita y con el que se casará si no lo logran evitar.

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Regreso al futuro

Un baile, dos personas que no llegan a enamorarse, un viaje al pasado… ¿A qué suena? Exacto, a ‘Regreso al Futuro’. Y es que el capítulo tiene más de una referencia directa a la película de Robert Zemeckis. Para empezar, Brian le explica a Peter por qué ha cambiado el futuro utilizando una pizarra y una explicación muy similar a la que utiliza Doc para explicarle a Marty los cambios de su presente en ‘Regreso al futuro 2‘.

Pero el homenaje no acaba ahí. Sino que todo el final también lo es. Aterrizan en el baile cayendo encima del guitarrista del grupo que está tocando, por lo que Brian tiene que sustituirlo, como Marty en ‘Regreso al futuro’. Y la siguiente canción que hay que tocar es ‘Earth Angel’, como en la película. Peter lo intenta, pero no logra que la chica se quede con él, y Brian ve como los hijos de Peter están desapareciendo de una foto que lleva encima. Entonces, y siguiendo con el homenaje, Peter le pega un puñetazo Quagmire y besa a Lois, con lo que los hijos de Peter y Lois vuelven a aparecer en la foto. Todo se ha solucionado y el futuro está a salvo.

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Pero el capítulo todavía tiene un homenaje/parodia más de ‘Regreso al futuro’. Ya que, como le pasa a Marty, a la gente le gusta como toca la canción y le piden otra. Y si Marty toca ‘Johnny B. Good’ en 1955 sorprendiendo a todos con el rock & roll, aquí Brian decide tocar ‘Never Gonna Give you up’, de Rick Astley, alucinando a todos con su dance-pop. Y al igual que Marvin Berry llama a su primo Chuck mostrándole ese “nuevo sonido que estabas buscando”, el primo de Astley le llama y le dice: “¿recuerdas ese sonido genérico y mediocre que has estado buscando? ¡Pues escucha esto!”. Genial.


Información sin origen

Además de ser una parodia muy divertida de ese momento de la película, nos trae la misma paradoja, la de la información que circula sin origen y que parte de la paradoja de la predeterminación (o predestinación). ¿Quién ha creado el dance-pop y ‘Never gonna give you up’? Rick Astley la está conociendo gracias a Brian en 1984, pero Brian la conoce porque Astley la lanzó en 1987.

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En el fondo, no hay paradoja. Ambas situaciones son consistentes y son causa y efecto entre ellas. La existencia de esa información (la canción) es circular y no lineal como la de otras informaciones que tienen un origen en el pasado y una continuación en el presente. Astley la conoce en 1984 gracias a Brian, y Brian la conoció en 1987 gracias a Astley. La causalidad no se rompe y es gracias al Brian de 2006, que viajará al pasado para dársela a conocer al Astley de 1984 para que el Astley de 1987 se la de a conocer al Brian de 1987 y así el Brian de 2006 pueda viajar al pasado y dársela a conocer al Astley de 1984. Es un círculo causal perfecto.

Por sus propios medios (Robert A. Heinlein, 1941)

23 noviembre 2015 Deja un comentario

18370412¿Quiénes somos? ¿Qué determina nuestro ‘yo’? ¿Lo que hacemos determina quién somos o quién seremos? ¿Podemos decidir lo que haremos?. ‘Por sus propios medios’ es, junto a ‘Todos vosotros, zombies’, uno de los relatos más famosos de Robert A. Heinlein. Aquí, Heinlein reflexiona mediante el viaje en el tiempo sobre la propia identidad y sobre el libre albedrío y recurre para ello a su amada paradoja de la predeterminación en un juego temporal impecable. Se trata de un relato complejo y apasionante sobre el viaje en el tiempo y sus paradojas.

Bob Wilson está en su habitación escribiendo su tesis. A su espalda aparece un hombre que le resulta familiar, pero no reconoce. Le cuenta que ha llegado por una puerta temporal, un círculo que parece flotar en su cuarto, y le pide que lo cruce. Wilson no quiere, pero tras unas copas se envalentona y dice que sí. Pero aparece un tercer hombre, que al parecer se conoce con el segundo, y le dice que no cruce la puerta, que es una trampa, que le están utilizando. Se pelean y Wilson cruza la puerta.

Esta es la situación inicial del relato, un punto de partida que el lector no acaba de comprender y al que se volverá irremediablemente. Al cruzar la puerta, Wilson aparece en un lugar extraño que resulta estar 30000 años en el futuro, y allí le recibe un hombre llamado Diktor, que le cura las heridas de la pelea, le da de comer y le deja descansar. Ese hombre, que también tiene una puerta temporal, le pide a Wilson que la cruce para cumplir una misión muy importante; pero no le explica cuál es ni lo que va a encontrarse al otro lado. No muy receloso y maravillado por la aventura que está viviendo, Wilson cruza la puerta y ahí es donde todo vuelve a empezar y todo empieza a cobrar sentido.


Regreso al pasado

Al llegar allí, reconoce su cuarto y piensa que está en otra época en la que su cuarto está igual que cuando marchó. Pero al mirar hacia el escritorio, ahí está él, escribiendo su tesis. Es entonces cuando se da cuenta de quién es él: él es el hombre que apareció a su espalda y le pidió cruzar la puerta y el hombre sentado es él antes de saber nada sobre puertas temporales.

Y entonces Wilson empieza a repetir lo mismo que dijo aquel hombre que se presentó en su cuarto. Quiere variar, no decir lo mismo, él tiene libre albedrío; pero acaba diciendo lo mismo, la situación le lleva a ello.

Y es que no puede variarlo. Eso ya ha pasado y decir lo que dijo le llevó a cruzar la puerta. Sin meternos aún de lleno en la paradoja de la predeterminación, que es la que engloba todo el relato y explicaremos después, lo que también vive ahora Wilson es el llamado principio de autoconsistencia de Novikov.


El principio de autoconsistencia de Novikov

Esta teoría nos dice que en nuestro viaje al pasado no podemos (aunque queramos) hacer nada que impida que, más tarde, realicemos ese viaje al pasado. Wilson quiere variar su discurso, no quiere hacer que su yo anterior cruce la puerta temporal. Pero no lo puede evitar. Y es que ya ha cruzado la puerta. Si lo evitara, su yo pasado no iría al futuro y luego no volvería para evitarlo, y si no vuelve para evitarlo, ¿cómo lo evitó? No podemos impedir con nuestro viaje al pasado que podamos viajar al pasado. La situación no sería consistente, no sería posible.

Esta imposibilidad marcada por el principio de autoconsistencia se basa en el paradigma de que el continuo espacio-tiempo maneja una única línea temporal y no podemos hacer una modificación en el pasado de esa línea que no nos permita ir a ese punto del pasado a hacer esa modificación. Y si, además, consideramos que esa única línea temporal es fija, inmutable, Wilson se enfrenta a la predeterminación, la teoría que englobará todo el relato.

Así, ahí está Wilson, sentado a su mesa escuchando a su yo futuro (aunque él no lo sabe); pero cruzará la puerta al cabo de poco para volver y hacerse cruzar la puerta (como ya había pasado). No mucho después, Wilson lo habla con Diktor.

—Por eso te mandé hacia atrás… Para que pudieras aparecer antes por la Puerta.

—¿Eh? Espera un momento… Ya había aparecido por la Puerta.

Diktor meneó la cabeza.

—¿De veras? Piénsalo un poco. Cuando volviste a tu propio tiempo y a tu propio lugar encontraste ahí a tu yo anterior, ¿no?

—Mmmmm…, si.

—Él…, tu yo anterior…, todavía no había cruzado la Puerta, ¿verdad?

—No. Yo…

—¿Cómo podía haber cruzado la Puerta, a menos que tú le persuadieras para que entrara en ella?

A Bob Wilson le estaba empezando a dar vueltas la cabeza. Estaba empezando a preguntarse quién le hizo qué a quién y qué le ocurrió entonces.

—¡Pero eso es imposible! Me estás diciendo que hice algo porque iba a hacer algo.

—Bueno, ¿es que no lo hiciste? Estuviste aquí.

—No, yo no…, bueno, quizá lo hice pero no tuve la sensación de hacerlo.

—¿Por qué ibas a tenerla? Era algo totalmente nuevo para tu experiencia.

—Pero…, pero… —Wilson aspiró una buena bocanada de aire y logró controlarse. Después echó mano de sus conceptos de filosofía académica y extrajo de ellos la idea que había estado luchando por expresar—. Eso niega todas las teorías racionales de la causalidad. Me harías creer que la causalidad puede ser totalmente circular. Crucé la Puerta porque volví a cruzarla para convencerme de que la cruzara. Eso es ridículo.

—Bueno, ¿no lo hiciste acaso?

Wilson no tenía preparada una respuesta para eso.

Todo ello le lleva a reflexionar sobre el libre albedrío en el viaje al pasado. Sin duda, parece que puede decidir, pero sólo lo que ya decidió porque eso le llevó hasta ese momento y, en su momento, también estaba intentando decidir otra cosa distinta a la que había visto que pasaba.

El libre albedrío era otro asunto. No era algo de lo que pudiera reírse, pues le había sido posible experimentarlo directamente…, y, con todo, su propia y libre voluntad había trabajado para crear la misma escena una y otra vez. Al parecer la voluntad humana debía ser considerada como uno de los factores que creaban los procesos dentro del continuo: libre para el yo, mecánica para quienes la observaran desde fuera.


Yo, erayó y sereyó

La cuestión es que cuando Wilson está intentando convencer a su yo anterior de que cruce la puerta, aparece el tercer hombre. Y Wilson se da cuenta de que ese hombre es él mismo y no entiende por qué va a detenerlo; pero entiende que viene del futuro, de un tiempo en el que él aún no ha estado. Entonces llega la pelea y el Wilson que estaba sentado escribiendo cruza la puerta y los otros dos se quedan en la habitación.

¿Quién es Bob Wilson ahora? ¿El que estaba escribiendo fue al futuro y volvió para convencerse a sí mismo que cruzara; el que acaba de cruzar y volverá al pasado para convencerse de cruzar, o el tercero, que ha llegado para evitar que Wilson convenza a su yo pasado de cruzar? Esta mezcla es la que hace a Wilson (y a Heinlen) pensar sobre la propia identidad.

—Maldita sea, no puedes hacerme esto. ¿Qué fue de los otros dos?

—¿Los otros dos qué?

—Mis otros dos yo. ¿Dónde están? ¿Cómo voy a conseguir encontrar la salida de todo este lío?

—No estás metido en ningún lío. No tienes la sensación de ser más de una persona. ¿Verdad?

—No, pero…

—Entonces, no te preocupes por ello.

Somos quien somos en este momento. Nuestros otros yo de otro tiempo no somos nosotros, ya que nuestro propio tiempo hace que seamos quien somos, aunque quien fuimos (en el pasado) condiciona quien somos y quién seremos (en el futuro).

Y, en este caso, nuestro yo futuro influye en nuestro yo presente al viajar él al pasado. Pero, de todos modos, sólo tenemos la sensación de ser uno (nuestro yo de ahora), ya que sin viajes en el tiempo vivimos en un continuo temporal lineal. Y aún con viajes en el tiempo, sólo somos nosotros mismos en relación con nuestro propio tiempo, aunque tengamos delante de nosotros a nuestro yo de otro tiempo, aunque estemos en el tiempo de nuestro otro yo.

Somos nosotros mismos aquí y ahora. No somos quien éramos ayer. Podemos recordar varios yo: de niño, de adolescente, de ayer por la tarde; pero esos son nuestros yo de otro tiempo, no somos nosotros. Lo que nos une es la sensación de identidad debida a que nuestra memoria pasa del uno al otro de forma lineal.

Pero Wilson puede ver en un mismo espacio a los Wilson de otro tiempo. El viaje en el tiempo le ha permitido disociar el espacio-tiempo, que siempre está unido. Eso le hace dudar de su propia identidad, poder tocar a su yo de ayer. Nuestro yo de ayer siempre está ahí, pero no trastoca nuestra identidad porque está en otro plano temporal y son las cuatro dimensiones las que nos caracterizan.


Mis otros yo sin mí

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‘Por sus propios medios’ fue publicado por primera vez en la revista ‘Astounding Science Fiction’ en octubre de 1941. Heinlein lo publicó bajo el seudónimo literario Anson MacDonald

Con tantos Wilson en juego, será mejor ponerles número para identificarlos mejor. Wilson 1 es el del principio, que cruzó la puerta y luego volvió al pasado. Wilson 2 sería su yo pasado, que ahora acaba de cruzar la puerta. Y Wilson 3 es quien intenta evitar este círculo vicioso.

Y es que ahora Wilson 2 acaba de cruzar la puerta impulsado por su yo pasado y ya sabemos lo que hará. Pasará un tiempo con Diktor y viajará al pasado para convencer a su yo pasado para cruzar. Pero, ¿qué pasa con los otros dos Wilson, Wilson 1 (que ya ha cruzado la puerta una vez y ha vuelto) y Wilson 3, que no sabemos de donde viene?. Lo único que podemos tener claro es que lo que haga Wilson 1 ahora le llevará a ser Wilson 3 y volver al punto inicial para evitar que el primero de todos los Wilson cruce por primera vez la puerta.

Wilson 1 (el que estaba al principio escribiendo, cruzó la puerta y volvió para convencerse) se pelea con Wilson 3 y decide volver a cruzar la puerta. Allí se vuelve a encontrar con Diktor y le pide explicaciones por lo que ha sucedido y por el tercer Wilson. Diktor no le da las explicaciones que requiere, pero es entonces cuando le explica la verdadera misión: Wilson debe viajar al pasado y recopilar unas cuantas cosas que ya no hay en el futuro y que les reportarán riqueza y poder en el año 30000. Diktor le da una lista y le explica cómo funciona la máquina.


La máquina del tiempo

Detengámonos aquí un momento para analizar cómo funciona la máquina del tiempo de este relato. Obviamente, no explican científicamente cómo se logra viajar en el tiempo; pero sí hacen referencia a la cuarta dimensión (el tiempo) como si fuera una más que se puede recorrer con libertad e incluir en un diagrama de coordenadas para llegar a un lugar.

Cuatro esferas de colores tan grandes como canicas colgaban de unas varillas de cristal dispuestas formando los cuatro ejes principales de un tetraedro. Las tres esferas que formaban la base del tetraedro eran de color rojo, amarillo y azul: la cuarta, en el ápice, era blanca.

—Tres controles espaciales. Un control temporal —explicó Diktor—. Es muy sencillo. Usando el aquí y el ahora como referencia cero, mover cualquier control alejándolo del centro hace que el otro extremo de la Puerta se aparte del aquí y del ahora. Adelante o atrás, derecha o izquierda, arriba o abajo. Pasado o futuro…, todo eso es controlado haciendo mover la esfera adecuada en su varilla.

Y es que el tiempo no es más que otra dimensión necesaria para establecer nuestro yo y lo que hacemos. Imaginemos que queremos invitar a alguien a una fiesta. Esa persona no necesita tres dimensiones para poder vernos en la fiesta, sino cuatro. Hemos de darle la x (el ancho), la calle Mayor. La y (el largo), el número 24 de la calle. La z (el alto), el cuarto piso de ese número. Pero también hay que darle la t (el tiempo), las 22.00 horas. Porque sin este dato no puede acudir a la fiesta, llegaría tarde o pronto, pero no estaría en la fiesta. Y, a la vista está, es una coordenada que se puede recorrer con libertad, llegando a la hora adecuada.

Pues la máquina funciona igual. Sólo hay que ajustar las cuatro coordenadas y allí aparecerá el otro extremo de la puerta temporal.


¿Cerrar el círculo?

Wilson 2 (que ya ha cruzado al futuro, ha vuelto para convencerse de hacerlo y ha regresado con Diktor al futuro) ahora tiene la misión de volver al pasado a recopilar cosas que tiene en una lista. Pero no lo hace, desconfía de Diktor y decide viajar al pasado (cuando él mismo estaba sentado en su cuarto hablando consigo mismo) para evitar que su yo pasado cruce la puerta y así evitar todo este círculo vicioso.

He dicho que lo decide, pero ¿es así?. Lo cierto es que sabe que ya ha pasado (bueno, que pasará). Siendo el primer Wilson se vio aparecer, aunque no sabía de qué iba nada. Siendo el Wilson que había regresado para convencerse de cruzar también lo había visto, sabiendo que era un yo futuro, pero sin saber qué hacía allí. Ahora lo iba a hacer, y lo iba a hacer de la misma forma. Así, Wilson 2 se iba a convertir en Wilson 3.

En el cuarto todo pasa como había pasado. El Wilson primigenio había cruzado y el segundo Wilson del cuarto había vuelto al futuro, como había hecho él ya antes, para convertirse en él. Así, Wilson 3 (el que avisaba al Wilson primigenio de que no debía cruzar la puerta) se había quedado sólo en el cuarto. ¿Había cerrado así el círculo? Ahora era Wilson 3, los demás habían cruzado la puerta para convertirse en el siguiente Wilson y él estaba allí, donde todo empezó. ¿Qué podía hacer? Decide sentarse y seguir con su tesis, como si todo hubiera acabado y el círculo se hubiera cerrado; pero eso ya no es para él.

Así, Wilson 3 (que antes había sido Wilson 2 y Wilson 1 y el Wilson primigenio, aunque él era sólo él en ese tiempo) decide hacer lo que le ha dicho Diktor, recopilar las cosas de la lista; pero no hacerlo para él, sino para sí mismo. Las recopila, viaja al futuro y, sin que Diktor se entere (está con los Wilson pasados), viaja, desde el año 30000 (y pico, en el que vive Diktor), a diez años antes, donde se encuentra en el mismo lugar, pero sin rastro de Diktor. Allí podrá ser él quien viva bien en el futuro con todo lo recopilado y ya verá qué hace cuando Diktor aparezca.


Consecuencias que preceden a las causas

Primera página del relato (ilustrado por Rogers) en la revista 'Astounding Science Fiction', donde se publicó por primera vez en 1941

Primera página del relato (ilustrado por Rogers) en la revista ‘Astounding Science Fiction’, donde se publicó por primera vez en 1941

Es durante la recopilación de las cosas de la lista en la que vemos un buen ejemplo de consecuencias que preceden a la causas. Durante las diferentes veces que vemos a los tres Wilson en el cuarto provocando e intentando evitar que el Wilson primigenio cruce la puerta del tiempo, ese Wilson recibe una llamada de su novia en la que ella asegura que se han visto esa tarde, aunque él no lo recuerda.

Para él, había estado todo el día en el cuarto y no había visto a su novia. Pero es este Wilson que está recopilando las cosas de la lista unas horas antes de toda la escena en la habitación el que visita a su novia.

Así, la consecuencia de la visita (la llamada) Wilson la percibe antes de la causa (la visita). Es lógico, aún no lo ha hecho, le faltan varios viajes adelante y atrás en el tiempo. Pero como lo hará en el pasado, la causa habrá precedido a la consecuencia, respetando la flecha del tiempo.

Así funciona la llamada paradoja de la predeterminación (o predestinación). Cualquier cosa que haces viajando al pasado ya formaba parte de tu pasado, ya que lo estás haciendo en el pasado de una línea temporal única y fija y lo que se hace en el pasado (viajando desde el futuro) tiene que formar parte, por fuerza, del pasado que ha desembocado en tu presente. Él no había visitado todavía a su novia; pero como lo haría su yo futuro viajando al pasado, esa visita ya había sucedido en el pasado del Wilson primigenio, el del presente.


El futuro

Una vez diez años antes del tiempo de Diktor, Wilson descubre el mundo del futuro que le había anticipado en parte Diktor. Los Grandes, que habían dominado la Tierra, ya no estaban, y había personas que vivían en una sociedad muy distinta y que hablaban un idioma también distinto. Se logra comunicar con ellos gracias a una libreta con vocabulario que le había quitado a Diktor antes de viajar 10 años atrás. Y esa gente le empieza a considerar su líder, ya que vive en la casa de los Grandes (la futura casa de Diktor).

Y allí también reflexiona sobre el viaje en el tiempo y las múltiples dimensiones necesarias para llevarse a cabo.

Otra idea le hizo concluir irremediablemente que era probable que existiera al menos una dimensión más aparte de las cuatro que podían percibir sus sentidos, y esa idea vino de la propia Puerta. Llegó a ser muy hábil manejando sus controles, pero nunca consiguió hacerse ni la más vaga idea de cómo funcionaba o cómo había sido construida. Le parecía que sus constructores debían ser necesariamente capaces de situarse fuera de los límites que le confinaban a él para anclar la Puerta en la estructura del espacio-tiempo. El concepto se le escapaba.

Tenía la sospecha de que los controles que veía eran, sencillamente, la parte que asomaba en el espacio conocido por él. El propio Palacio podía no ser más que una sección tridimensional de una estructura más compleja, y ello ayudaría a explicar la naturaleza de su arquitectura, de otro modo inexplicable.

La lógica le lleva a pensar esto. Al igual que para dibujar unas coordenadas de tres dimensiones para un mapa tenemos que estar fuera del mapa, es necesario estar fuera de las cuatro dimensiones para moverse libremente por el tiempo de la forma en la que lo hacía la máquina, localizando las cuatro, visualizando la escena en una pantalla y, entonces, cruzando la puerta hacia ese sitio/momento.


Cerrando el círculo

En el futuro, pasan los años y Diktor no aparece y Wilson llega a pensar que está en un futuro alternativo, distinto. Pero un día, tras diez años en aquel lugar, alguien aparece en la sala. Un hombre, magullado, en el suelo. Y entonces, se da cuenta de lo que ha pasado. Ese hombre es él mismo, recién expulsado de su cuarto cuando estaba escribiendo su tesis. ¿Y Diktor? Él era Diktor.

Permaneció totalmente inmóvil durante un periodo de tiempo imposible de precisar, contemplando los dos objetos que no debían estar ahí, el sombrero y el hombre, mientras los vientos de la locura barrían su mente haciéndola vacilar. No le hacía falta examinar la silueta inconsciente para identificarla. Sabía…, sabía que era su yo más joven, impulsado de forma involuntaria a través de la Puerta.

No era el hecho en si lo que le hacía estremecerse. No había esperado que ocurriera, pues poco a poco había ido llegando a la conclusión de que vivía en un futuro distinto, un futuro alternativo al otro en que había sido originalmente transmitido por la Puerta. Con todo, había sido consciente de que podía ocurrir y el que ocurriera no le sorprendía.

Y cuando ocurrió, ¡estaba él como único espectador!

Él era Diktor. Era el Diktor. ¡Era el único Diktor!

Jamás encontraría a Diktor y no podría dejar las cosas claras con él. No debía temer su aparición. Jamás había existido y jamás existiría otra persona llamada Diktor, porque Diktor jamás había sido o sería nadie aparte de él mismo.

Wilson había llegado a entender que sus tres yo estuvieran en su habitación en cierto momento; pero no que ese hombre del año 30000 fuera él mismo. Pero ahora lo veía claro. Ahora llegaba el Wilson primigenio y él, Diktor, le enviaría al pasado para que todo el circulo siguiera girando hasta llegar a ser él, el que había vivido como un Rey en el futuro. Y mandaría al siguiente a recopilar todas aquellas cosas que le han servido estos años. Y finalmente acabaría diez años antes, empezando de nuevo para convertirse en Diktor.

Pensando ahora en ello, parecía obvio que él debía ser Diktor, y había muchas evidencias que señalaban en tal dirección. Y, con todo, no había sido obvio. Recordó que todas las similitudes entre él mismo y el Diktor habían surgido de causas racionales, normalmente de su deseo por imitar las características más ostensibles del otro y con ello consolidar su propia posición de poder y autoridad antes de que el otro Diktor apareciera. Por esa razón se había instalado en los mismos aposentos que había utilizado ese Diktor, para que así fueran suyos antes de su llegada.

Cierto que su pueblo le llamaba Diktor, pero eso no le había hecho pensar nada raro: llamaban con ese título a cualquiera que les gobernara, incluso a los pequeños jefes locales que tenía como administradores suyos.

En cualquier caso, había estado buscando a un hombre camino de los cincuenta, cuyo rostro recordaba vagamente después de diez años y del que no tenía imagen alguna. Nunca se le había ocurrido conectar ese rostro borroso con su cara actual, naturalmente que no.


El Jinn

Previamente, ya habíamos visto algún detalle que le acercaba a ser Diktor. Aquella libreta con vocabulario que le quitó a Diktor se había hecho vieja y él decidió reescribirla para que durase. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que la libreta que le quitó a Diktor era la libreta que él mismo había reescrito (o reescribiría desde el punto de vista del momento del robo).

Esta libreta es lo que se ha venido a llamar un jinn, un objeto sin origen. A se convierte en B, que termina siendo el A que se convierte en B. Y todo porque nunca hubo A o B, sólo existe una realidad moviéndose en una línea de tiempo circular, sin principio o final. Esa libreta, el jinn, no tiene origen, nadie la escribió por primera vez y los conocimientos escritos en ella nunca fueron creados, sólo copiados.

Jamás existieron dos cuadernos de notas. El que tenía ahora se convertiría, tras haber sido llevado mediante la Puerta a un punto situado diez años en el pasado, en el cuaderno de notas del cual lo había copiado. Eran, sencillamente, segmentos distintos del mismo proceso físico, manipulados mediante la Puerta para que durante cierta longitud de tiempo corrieran paralelos uno al otro.

Como había hecho él mismo… una tarde.

Deseó no haber tirado el viejo cuaderno. Si lo tuviera a mano podría compararlos y convencerse a sí mismo de que eran idénticos, salvo por el desgaste de la creciente entropía sufrida.

Pero ¿cuándo había aprendido el idioma para poder preparar tal vocabulario? Naturalmente, cuando lo copió conocía el idioma y, en realidad, no le hacía falta copiarlo.

Pero lo había copiado.

Había dejado claro el proceso físico en su mente, pero el proceso intelectual que representaba era totalmente circular. Su yo más anciano le había enseñado a su yo más joven un idioma que el más anciano conocía porque el más joven, después de haber sido enseñado, creció hasta convertirse en el yo más anciano y fue, por lo tanto, capaz de enseñárselo.

Pero ¿dónde había empezado todo? […] ¿Quién escribió el cuaderno de notas? ¿Quién dio comienzo a la cadena?


La paradoja de la predeterminación

Lo que nos muestra de manera tan compleja y original este relato, como hemos dicho, es la paradoja de la predestinación (que alcanza su mayor esplendor en otro relato de Heinlein, ‘Todos vosotros, zombies’, adaptado al cine con el título de ‘Predestination’).

Según esta teoría, todo aquello que hagamos al viajar al pasado ya había sucedido en nuestro pasado y nos había llevado a ese punto de viajar al pasado para que pasara, porque teníamos que hacerlo ya que habíamos llegado a ese punto gracias a ese cambio. Es todo un círculo. Hemos pasado de A a B y entonces viajamos al pasado y provocamos A, porque es necesario que A tenga lugar para llegar a B y, entonces, poder viajar al pasado y provocar A. Todo es un círculo perfecto que tiene que seguir girando y no puede parar porque tanto A es causa de B como B es causa de A.

Como hemos dicho, la idea es que todo lo que haremos en nuestro viaje al pasado ya formaba parte de nuestro pasado antes de partir, ya que había sido hecho previamente (en el pasado) por nuestro yo futuro. Todo sucede en una línea temporal única e inmutable. Al viajar en el tiempo, éste deja de ser lineal para ser circular por lo que nuestro futuro y pasado se unen en un perfecto círculo causal.

Aquí, el Wilson primigenio viajó al futuro para volver al pasado a convencerse de viajar al futuro. Y luego viajó de nuevo al futuro y regresó al pasado para evitar lo anterior, algo inevitable porque ya había sucedido, es decir, iba a suceder. Y, finalmente, había vuelto al pasado a recopilar ciertas cosas para volver al futuro y situarse en un pasado más cercano a ese futuro. Tan cercano que, con el paso normal de los años, se convertiría en el hombre que le había mandado a convencer al Wilson primigenio (a sí mismo) de viajar al futuro para poder reiniciar todo el proceso. Y el círculo sigue girando…

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